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I EXHIBICIÓN DE ORQUÍDEAS DEL COLEGIO DE CIENCIAS ECONÓMICAS (CCE)

Los días 16, 17 y 18 de abril, la Comisión de Actividades Sociales y Culturales del Colegio de Ciencias Económicas de Costa Rica celebró su I Exhibición de Orquídeas, como parte de diversos convivios  que realizan para fomentar la unión y la cultura entre el numeroso grupo de profesionales de este colectivo.

El evento se llevó a cabo en las instalaciones del Colegio y en el acto de apertura el día 16, participaron diversas autoridades del CCE y un nutrido grupo de asociados. La Lic. Marielos Salvadó Sánchez, MAB, presidenta del Colegio pronunció las palabras iniciales con un saludo para todos los asistentes, expresando asimismo su beneplácito  por la asistencia de un representante del Ministro de Ambiente, Energía y Telecomunicaciones. Hizo luego uso de la palabra la Lic. Yoleth Leal Ruiz, Coordinadora de la Comisión de Actividades Sociales y Culturales, quien destacó los objetivos de la actividad y la relevancia que su grupo está imprimiendo a este tipo de actividades. El representante del Ministro de Ambiente y Energía, señor Rafael Gutiérrez destacó la importancia de la conservación de los recursos naturales y la labor constante que el  Ministerio realiza para combatir la extracción de plantas del bosque.

El responsable de esta página web desea agradecer a la Comisión organizadora del evento, la invitación que le hicieron para hacer la motivación de carácter orquideológico, la cual se transcribe seguidamente:

Las orquídeas, las vedettes de esta noche en esta bonita exhibición, son flores que han concitado en la humanidad, desde tiempos ancestrales,  diversos sentimientos y connotaciones: sexualidad, misterio, poderes mágicos, relevancia social, pasión. Su nombre deriva de la palabra griega orchis con que los antiguos denominaban también a los genitales masculinos, asociando su similitud con los cormos de ciertas especies europeas. De ahí que con halos de leyenda se dice que otras civilizaciones consideraron las orquídeas un verdadero detonante de sensaciones eróticas, fuese ingiriendo bebidas preparadas con su tubérculos o infusiones con sus hojas, o frotando con sus flores, aquellas  partes más sensitivas de su cuerpo  para excitar la pasión de la persona amada.

En nuestra América, cuna de algunas de las orquídeas más bellas del mundo, las civilizaciones autóctonas observaron usos diferentes hacia estas plantas: fuese como ornato de sus jardines y viviendas, como modelo para forjar algunas joyas de oro, o como aromatizante de su chocolate, en el caso de las diversas especies de Vanilla, de cuyas duras semillas, casi fósiles vivientes, obtuvieron la vainilla, muy apreciada aun en la actualidad.

En Europa, durante el siglo XVII y especialmente el Siglo S XVIII, el cultivo de las orquídeas fue exclusivo de las élites de la nobleza y de la ciencia, especialmente en países como Alemania e Inglaterra. El afán por poseer exóticas orquídeas  despertó un verdadero frenesí en algunos nobles de la época, que financiaron exploraciones para conseguir los más valiosos especímenes de América, Asia y Africa. En muchos casos fue una acción devastadora, que se concretó en cantidad de embarques con miles de ejemplares, a tal punto que muchas especies estuvieron en  colapso de extinción. Esta época es lo que se ha llamado la Orquideomanía, como un afán desmedido, rayano en la locura por coleccionar esas flores misteriosas, cuya belleza ha sido, paradójicamente, su peor debilidad.

Los siglos XIX y XX mostraron todavía resabios de la orquideomanía, pero los estudios científicos sobre estas plantas se acentuaron, aunque en nombre de la ciencia, hubo a veces extracciones masivas de  ellas. Afortunadamente,  la intervención de los ambientalistas y la restricción de los diferentes estados para el tráfico de especies ha limitado bastante la exportación de orquídeas nativas de un país a otro. Pero otro enemigo no ha parado mientes para no solo desarraigarlas de los bosques, sino para realizar su consunción consecutiva: la deforestación, ese monstruo voraz que en nombre del progreso sigue destruyendo montañas para plantar nuevos cultivos o para construir nuevos pueblos y ciudades.

Pero a pesar de todos estos  avatares, las orquídeas se niegan a desaparecer: las más vistosas se protegen allá en las cumbres más altas  de los árboles en  las pocas selvas que nos quedan y las menos llamativas viven casi camufladas en la penumbra protectora del sotobosque. Y  como en el pasado,  las orquídeas siguen con su glamour, atrayendo a sus miles de fans, que hoy las cultivan en todo el mundo en una forma más metódica y a veces con una mayor conciencia ecológica.

Los avances científicos en cuanto a la genética y la reproducción in Vitro han sido un fuerte envión para el desarrollo en los laboratorios, mediante semillas o meristemos,   de miles de

híbridos y especies orquideológicas, y su consecuente cultivo en sofisticados invernaderos y viveros. Esta situación ha democratizado en cierta manera el cultivo de orquídeas, de manera que para citar un ejemplo, de variedades asiáticas como las Phalaenopsis, existe hoy una hibridación masiva y su comercialización es amplísima en diversidad de países.

¿Y cuál es la situación de las orquídeas en Costa Rica? Lógicamente que los ticos no hemos sido ajenos a su embrujo y, para muchos observadores, la pasión por estas flores es mucho mayor aquí  que en los demás países de Centroamérica. Prueba de ello es el funcionamiento de casi decena y media de asociaciones orquideológicas que fomentan el cultivo de estas plantas mediante charlas, talleres, exposiciones. Conocemos de su labor y del entusiasmo de los orquideófilos  que las conforman. Pero… Bueno, es que siempre hay peros en las actividades humanas. Esa orquideomanía de que hablamos antes permanece hoy, aunque ralentizada. Con ironía o con  sorna, los aficionados a las orquídeas nos autodenominamos “adictos a las orquídeas”, o con un término hilarante y casi peyorativo: “orquidiotas”. En qué consiste esa orquiadicción: es un deseo irrenefrenable por adquirir más y más especies, por ampliar más y más una siempre incompleta colección. Hay un proveedor al que siempre miramos con desdén, pero al que  casi secretamente atendemos de vez en cuando: el matero. ¿Qué es un matero? Es un pintoresco personaje que tiene como oficio recorrer nuestros bosques y penetrar a los más escondidos recovecos para encontrar esas joyas que le dan sustento: las orquídeas. Su empirismo le permite conocer las épocas de floración para recolectarlas en  ese estado, lo que constituirá el verdadero imán para sus clientes. Pero a la par de cada matita en flor, nos ofrecerá dos o tres o muchas más en proceso de crecimiento, las cuales  ha desarraigado sin conciencia, del pródigo regazo de la selva. Y algo más: lo que voy a señalar es un pequeño lunar en los grupos de aficionados a estas plantas. Resulta que ciertos de ellos, ojalá que sean los menos, dan pábulo a ese entusiasmo loco por las orquídeas con un prohibido hobby: matear. ¿A qué llaman matear? Pues son esas excursiones al bosque con un fin exclusivo: recolectar orquídeas. Les soy sincero, pero cuando he tenido que escuchar conversaciones en que se narran con diversos matices anecdóticos estas correrías (que incluyen desde  el ataque de furiosas hormigas, los accidentes en  peligrosos despeñaderos o el encuentro con venenosas serpientes) siempre me he sentido molesto y más de una vez me he apartado del grupo. Quizá esa es la principal tarea de las asociaciones orquideológicas: crear conciencia en sus asociados para que estas formas de recolección de orquídeas, desaparezcan.

En lo personal no puedo dejar de reconocer un mea culpa. Es difícil encontrar en nuestro medio un cultivador de orquídeas que no posea alguna especie nacional de dudosa procedencia. Pero

lo importante es reconocer el error y no cometerlo más, si es que hemos adquirido o extraído orquídeas de su entorno nativo. Como compensación nos queda la obligación de brindar un cuidadoso cultivo a nuestras colecciones y de concienciar en todas las oportunidades que tengamos para lograr de la conservación de orquídeas, un hábito de vida.

Estimadas y estimados profesionales en Ciencias Económicas, amigos y amigas: el cultivo de orquídeas es una actividad gratificante, pero practiquémosla con conciencia ecológica. Mantengamos colecciones pequeñas, que nos permitan darle a cada planta una atención individualizada, con el menor empleo de químicos y el uso de nutrientes orgánicos, que comienzan ya a difundirse en nuestro medio. Cerciorémonos de que al adquirir una planta, esta proceda de una reproducción in Vitro o de una división vegetativa. Si realizamos excursiones al bosque y encontramos orquídeas, dominemos nuestros impulsos, no las desarraiguemos, aunque las veamos ahí azotadas por el sol y el viento, mezcladas con malezas en zonas escarpadas o adheridas a rocas o colgando de débiles ramillas. Si realmente las amamos, respetemos su milenario hábitat. Desde la rutilante Cattleya dowiana o guaria de Turrialba, desde nuestra emblemática Guarianthe skinneri  (la guaria morada, nuestra flor nacional, pasando por algunas más elusivas como la Peristeria elata, flor del Espíritu Santo y  la Psicopsis krameriana, orquídea mariposa, hasta los Oncidium, las  comunes lluvias de oro y las filigrana de las miniaturas, las orquídeas son parte de nuestro patrimonio florístico y botánico. Ellas, en su atavismo, deben ser parte de nuestra herencia a las futuras generaciones.
Deseamos de seguido compartir con los lectores algunas diapositivas de ese retroalimentario convivio que constituyó la I Exhibición de Orquídeas del CCE, para lo cual los invitamos a hacer click en este enlace: 
http://picasaweb.google.com/Jmorlop/GaleriaCCE#

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